Perspectivas desde un universo inexistente

Por Nicomedes Zuloaga P

 

El tiempo, al menos para nosotros los occidentales, forma parte de la teoría de la existencia ya que, desde el punto de vista del mundo visible, el tiempo y el espacio son unidad indivisibles. El hipercubo burlaría los límites de la tercera dimensión, penetrando la realidad intangible de la cuarta. También la reencarnación, como el tesimageeracto, pasaría los linderos de este universo visible como teoría del retorno, por cierto no necesariamente eterno.

De acuerdo a las tradiciones orientales, tal retorno, recurrente y necesario, culminaría después del ciclo, más largo o corto, según el proceso de crecimiento interno (única posibilidad de ejercer el libre albedrío) con la liberación definitiva del regreso a la materia y su rosario de calamidades.

La tradición esotérica occidental también tiene sus teorías reencarnacionistas, alguna tradición rosacruz considera que, retornamos una y otra vez, para vencer nuestra condición primitiva e inhumana y avanzar por el sendero de la humanización y de la espiral evolutiva hasta lograr la reencarnación consciente, en otra unidad vital o en un cuerpo estelar inconcebible para el hombre común.

Los hebreos profesan esta doctrina. Algunos rabinos consideran que existe “la rueda de la vida” que esa rueda sirve para realizar el “Tikún” : proceso de perfeccionamiento ligado al crecimiento y evolución dentro de la tribu, ya que se reencarnaría, dentro de la misma familia, con el mismo nombre y en la tercera o cuarta generación, de allí que dentro de la familia hebrea, es raro que se repita el nombre del padre a menos que este ya esté muerto. El nombre se repetiría entonces, entre los nietos o bisnietos. Así las maldiciones bíblicas que son hasta “la tercera y cuarta generación” recaerían sobre el que cometió la falta.

Otros occidentales, por ese afán cientificista, pretenden enfocar el asunto desde un punto de vista material y suponen que existiría una matemática necesaria que justifique tal teoría. Borges, en “La doctrina de los ciclos” publicada en la “Historia de la eternidad” se afinca en Georg Cantor, inventor de la “teoría de conjuntos” para demostrar, matemáticamente, la imposibilidad del eterno retorno que Nietzsche había planteado en “Así habló Zarathustra” en la cual afirma que la cantidad de “todos los átomos que componen el universo es, aunque desmesurada, finita y solamente capaz cómo tal de un número finito (aunque desmesurado) de permutaciones” por lo tanto, si el universo es finito y las posibles permutaciones son finitas, en un tiempo infinito, todo debe repetirse. Borges plantea que los puntos del universo son infinitos y que un numero infinito de términos es también capaz de generar infinitas combinaciones. Borges considera que Nietzsche ” desentierra” una doctrina que considera horrible y abominable.

Sin embargo, describe “el Aleph” no sólo como la primera letra del alfabeto mágico hebreo, sino como un punto que concentraría la totalidad de todos los puntos y de todas la posibilidades del infinito universo. Borges realiza una fabulación en la cual descubre, gracias a un encuentro asombroso, en el sótano de una casa en la calle Garay de Buenos Aires, un punto de apenas dos o tres centímetros, en el cual confluyen todos los puntos y realidades del universo, en un instante vertiginoso y a la vez eterno. En ese microcosmos coincidirían todos los hechos del pasado, del presente y del futuro. No como repetición desmedida de una realidad predestinada, sino como visión inconmensurable del todo. Una visión de la “gran obra” de los alquimistas, la unión de todos los opuestos y de todos los tiempos del pasado y porvenir.

Xul Xolar, una tarde calurosa del verano porteño, le dijo a Borges que no había hecho nada durante todo el día ya que, en verdad, había inventado doce religiones. Me pregunto cómo serían los cielos y los infiernos de Xul. De pronto se trataba de cielos impermanentes o perecederos. O cielos inevitables, en los cuales podrían entrar los poetas y los apostatas. O, de pronto, alguno de los cielos xolares recibiría sólo a los vagabundos, herejes y delincuentes. No se, ya que son doce los cielos y, con ellos, los presuntos infiernos. O no. De pronto Xul imaginó un infierno común a todos los doce cielos de sus religiones. Un buen infierno, en el cual, como en una buena cárcel moderna, los condenados aprendan artes y oficios y tengan la posibilidad de convertir su infierno interior en algún cielo. No como esas prisiones atroces en las cuales envenenan a los presos. Xul Xolar, a quien Borges consideraba el único cosmopolita (habitante del cosmos) que él había conocido, describe con un escrito en Neocriollo (una de las neo lenguas que inventó ya que también había inventado la Panlengua, idioma universal) una descripción encantadora de su concepción infernal en los siguientes términos: “Que esto es un buen infierno, que ellos son buenos diablos y que viven de los sentimientos humanos que suben de la tierra, que muchas almas humanas quedan allí por mucho tiempo, mejorando, paulatinamente sus sentimientos (en los cuales estos diablos trabajan) … A título de curiosidad, en neocriollo, el párrafo empieza así: kesto es un buen qel, Kelloh son buen diabos i ke vivan dus ‘mansentos ke suban da terra etc…
Es evidente que Xul, sin ser Dios, era un buen hombre y podía fabular un infierno que, para otras religiones inventadas por hombres menos bondadosos, no pasaría de ser un purga.

Augusto Rotavista ha publicado un párrafo de Arthur Clarke que, al igual que Georg Cantor, por medio de las matemáticas desarma la teoría de la reencarnación y, de paso, del “eterno retorno” con el cual Nietzsche pretendió justificar su teoría del “súper hombre” que estaría dispuesto a repetir su vida “tan plena y feliz” circularmente, hasta la eternidad. Quizás esa posibilidad de aburrimiento infinito llevó a Borges a calificar el “eterno retorno” de Nietzsche como abominable.

El párrafo de Clarke afirma que ” tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con la cual, los muertos superan a los vivos.” Que, desde el origen de los tiempos habrían vivido cien mil millones de personas lo cual dejaría matemáticamente improbable, la teoría de los retornos; sin embargo, afirma que en la Vía Láctea hay cien mil millones de estrellas, una por cada humano que ha pisado la tierra y que jamás vivirá en este planeta . No estoy seguro que, la cuenta, sea tan convincente para un matemático como la teoría de Cantor que tanto apasiona a Borges. Sin embargo, aunque inverosímil, a mi entender, supera la cuenta del matemático, más por su contenido poético que por la exactitud de la ciencia.

Los Parsi de Mumbai, para vencer al tiempo y alcanzar la vida eterna tienen una costumbre que podría parecer aborrecible. Llevan sus muertos hasta una torre y allí los dejan para que sean devorados por buitres hambrientos. La torre está situada en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, cerca del célebre Marine Drive, mentado antes de la independencia India con el rimbombante nombre de “Collar de la Reina”. Por las calles aledañas, intenté llegar hasta el lugar sagrado, pero las torres de la muerte se encuentran al centro de un bello, prohibido y resguardado parque. Cientos o miles de buitres surcan el cielo llevando en sus garras las carnes humanas desprendidas de los huesos. Por cierto, tengo un pariente que manifestó el insólito deseo de reencarnar en buitre ya que vuela tan alto como un cóndor, no tiene depredadores y tiene comida en abundancia. Quizás, alguna de estas cualidades encuentran los herederos de Zarathustra al entregar sus muertos a tan curioso rito de pasaje.

En la India fui testigo de convincentes ceremonias para vencer la transitoriedad. En Varanasi, la ciudad más sagrada del universo, caminé entre los muertos que se cremaban en el Mir Gaat. Allí la vida y la muerte es una sola. Los deudos no lloran, ni las viudas se tiran de los pelos en el suelo por su irreparable pérdida. No. Con el humo que todo lo penetra, los muertos se han liberado de las miserias humanas para emprender su camino de retorno, o de liberación, ya que el que muere en Varanasi, tiene asegurado su reencuentro con el todo y vence la rueda de la vida.

El tantrismo, otro camino a la inmortalidad, tiene versiones orientales y occidentales, secretas y temidas, a causa de la carga del tabú. Por medio de la energía sexual que es la fuerza de todo lo viviente, el operador y la operadora descubren, en un tiempo minúsculo aunque eterno, la unión con el Todo y la trascendencia del mundo visible, finito e ilusorio. En occidente abundan los nombres de perseguidos ilustres que pretendieron alcanzar la eternidad por esta vía. Byron y los Shelley, Aleister Crowley y Wilde son algunos de ellos y en la India, los magníficos templos de Khajuraho fueron abandonados y proscritos hasta ser re-descubiertos por un oscuro oficial británico.

El caso del cielo católico se parece bastante al del “súper hombre” que quiere repetir su vida feliz, una y otra vez, eternamente, repitiéndose. Sólo que este es un cielo sin retorno pero eterno, tal como el infierno es infinito y permanente. Se trata de un premio y un castigo definitivo que, estoy convencido, tiene gran influencia en las actitudes también radicales de la mayoría de los países católicos. Jesús predicó el amor, pero desde siempre está encendido el fuego de las hogueras inquisidoras. Además, siempre sospeché de un cielo que cierra las puertas a Neruda, por comunista y a Andrés Eloy Blanco, por masón.

Por último, Basta plantearnos cualquier fenómeno cotidiano para descubrir la inconsistencia de la materia y sus procesos. Por ejemplo, con Juan Casas y con Augusto Rotavista, solíamos reunirnos en una confitería de la esquina de Guido y Rodriguez Peña, en varias oportunidades he intentado explicarme nuestro encuentro como algo premeditado y voluntario, pero llegué a una convicción, desalentadora, pero aparentemente eficaz: que la vida apenas nos proporciona señales sutiles, relaciones causales que responden a una urdimbre infinita, sucesión interminable de acciones inmanejables, ajenas a nuestras acciones (o ligadas a estas pero veladas ) y a nuestra voluntad. Variables que nos colocan aquí y ahora en un universo visible. Esa telaraña de hechos, según los interpretemos, pueden ser fastos o nefastos y en esa interpretación, radica nuestra capacidad ínfima de otorgar algún significado a los hechos.
En fin parece que, hilos invisibles, dirigen nuestras acciones y la posibilidad de un encuentro, lejos de responder al azar, aquellas circunstancias responden a leyes desconocidas, misterios nacidos de nuestra ignorancia. Todo está determinado por variables que, por innumerables, resultaría ridículo intentar conocer o modificar, aunque dediquemos la vida corta y efímera, precisamente, a intentar modificar los procesos causales y sus secretos caminos. Podríamos entonces suponer que, desde esa imposible e inconmensurable irrealidad, vivimos la ilusión de forjar una presunta vida real limitadísima. Si todo lo que cambia y se transforma es ilusión y sueño, si además se modifica al margen de nuestra voluntad, habitamos una morada inexistente y sólo en el vacío consciente estaría el encuentro con la certeza de ser que, por si misma, es una mirada a la eternidad.

CANAL, el drama circular de Nicaragua y Centroaméri

El drama circular de Nicaragua y Centroamérica
El drama circular de Nicaragua y Centroamérica

Primera edición de Canal, editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1987.

Prólogo de Edmundo Ribadeneira.

“Hombre de muchas y muy valiosas facetas creativas, Nicomedes Zuloaga ocupa con honor un puesto de alta significación dentro de la cultura venezolana. Ha sido actor en su vida universitaria; periodista, estudioso de la filosofía, ensayista, poeta, cuentista, novelista y diplomático, actual Agregado Cultural de la Embajada de Venezuela en Ecuador. Complace en tal virtud, a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la publicación de la Novela “El drama circular de Nicaragua”, a través de cuyas páginas Nicomedes Zuloaga entra en el vidrioso tema de la realidad centroamericana, en permanente trance de la trágica explosión por culpa de la ingerencia política norteamericana. Aquello de “drama circular” alude, percísamente, a una recurrencia opresiva que funciona como una noria de explotación y abusos sin tregua. Esto es lo que hay en el fondo de la novela de Zuloaga; tratada como una fábula muy rica en detalles, llena de matices de toda índole, el gran personaje de la novela es William Walker, contradictorio y siempre discutido en sus pintorescas versiones de pirata, filibustero y asesino. Protagonista y testigo de su tiempo, Walker se confiesa en el libro de Zuloaga, y lo hace con cinismo, amenidad y contrito por haber cometido desafueros que engranan, de cualquier manera, en una historia que se repite y abarca desde Marco Polo hasta nuestros días, y que sólo terminará “si el hombre crece dentro del animal y muere antes de la muerte y descubre la paz en el flujo tranquilo de la sangre”. Novela apretada, pero ágil, esta del escritor venezolano se añade a su extensa obra literaria y demuestra, como toda ella, el talento fecundo y Multivario de su autor”.

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