Los vigías , Euro y Shangó

 

Euro y Shangó, los hombres azules del mar bajaron del barco. Euro traía la ciencia y el sarampión. La cruz también y, con ella el pecado y con el pecado la lujuria, venía de tierras extrema-duras. Con el hambre que sólo sería mitigada con la papa americana. Buscaba una riqueza ignorada por el hombre de la tierra que sólo veía el sol en el metal dorado. Euro buscaba el oro que todo lo cubría en las “doradas colinas de Manoa”. Los hombres azules venían del mar con sus aceros y sus extrañas creencias del dios crucificado y su ciencia. También trajeron del horizonte hombres de ébano y mujeres de ébano atados en las bodegas de sus barcos. Esclavizados en tierras lejanas conseguirían, primero su desgracia y, después, su libertad en las abundantes selvas del cacao. Como sus captores, llegaron con sus dioses y su cultura. Espíritus protectores de aquellas aguas y esos montes, así llegó Shangó, dios del trueno y el rayo, embajador del otro mundo que vino a luchar o conciliar, según el caso y, con el Yemallá, señora del océano, protectora de las creaturas marinas y Oshún diosa del amor, de la belleza y de las aguas de los ríos. No sabían los hombres azules que, con sus cruces, traían también un cargamento de dioses para enriquecer la cultura de estas tierras. La lujuria, el presunto mal, unió a los hombres azules del acero con las mujeres de ébano y al final, todos, con aquellas mujeres de la tierra, mujeres de cobre y de huidizas caderas. Pero el hombre que llegó del mar, vivo todavía en la memoria de la sangre, cuando espera el cardumen sigue mirando al horizonte de donde llegó alguna vez una ciencia, una cruz y un panteón de dioses poderosos.

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