Poesía

DEL VOLCÁN A LA LUNA CLARA

Por Nicomedes Zuloaga P.

Libro del volcán:

Hembra,

Como la tierra fría.

Bajo una corteza

 regeneradora

 destructora.

 La vida muerte.

En tu útero,

vive Todo y todos,

los fuegos eternos.

Si despiertas,

te descubrirás planeta,

por volcán, serás fuego solar

como la tierra interna.

 

Atravesado el silencio,

escuché el latido

de la tierra.

 

Más allá

del animal dormido

rutilaba

la serpiente de fuego.

 

Cometí

el pecado de pensar.

Recordé

la tenaza invisible

del mago

y de la vida.

 

La oquedad

de la mujer fantasma

extirpada.

 

Una vez libre

conocí otro rostro.

 

Cada palabra

lo ensuciaba.

Una interpretación

sería su fin.

 

De ser a ser

se abren

las puertas

del libro.

Se comprende

lo que existe.

Nace el ser…

 

Detente,

me dije,

soy hombre libre

hoy habito en mi.

Se eterniza

el mundo,

en el otro,

de nosotros.

 

El aire mudo

atrapó la altura.

El fuego alumbró

como linternas.

Chorros de aguas cristalinas

bañaron la tierra,

fuimos

la nada-todo eterna.

 

Se abrió

el libro

de la Pacha Mama.

Susurró misterios

mil veces consultados,

enigmas revelados

y prohibidos.

Con primarias

manos limpias

nos tocamos.

Sin trampas

participamos

del flujo de la vida.

 

Penetré

las raíces de América.

La ví

ígnea y volcánica

desde la altura

del ser que me faltaba.

 

Renací en destellos

de luz engendradora,

cordón dorado

que une los dioses,

con la tierra.

 

Hinchada

de besos solares

te saludo

desde un lado de la luna,

donde renazco

y soy en uno.

 

Aurora interminable

pleno, de plenitud.

De entregarnos

y descubrir,

que un día

fuimos ser

eternamente.

La verdad destruye

 y libera al mismo tiempo

porque somos obstinados

en nuestra pasión por la mentira…

 

Desde el sol

penetré

las entrañas del planeta.

Miré, al fin,

la luz.

 

El mismo fuego ancestral

que anima

al cosmos.

Lanzó sus destellos

de diosa liberada,

para unirse

de nuevo

a una brasa originaria.

 

Presencié,

asombrado,

como dos luces se reencuentran.

Como de la oscuridad terrena,

brotaba lava eterna.

 

El Dios

fulguraba oculto

esperando en silencio

su cordón de fuego.

 

En el Ruca-Pillán

de los mapuches,

se recrea un sol nocturno,

desde el umbral interno.

 

Vive

eternamente

la luz de los volcanes,

prueba irrefutable de América.

 

Qué una brecha de luz

parta del centro de la tierra.

 

Los niños ven,

 todavía la naturaleza

 los respeta…

 

Sal de tu escondite

y crece.

Dibújate

a lo largo y ancho

de tu sombra

con el cinto

de gemas.

 

Escribe tu nombre

en el cirio

y vuela.

Levanta una vihuela

y canta.

Modifica

sin temor,

las cartas.

 

Viaja rauda,

sálvate, sálvame

cómo el águila

en los Andes.

Vuela

hasta tu ser

y escucha,

es el silencio estelar

lo que nos habla.

Caminé

bajo el raqui

y el alerce.

Me inicié

corriendo

hacia el sol,

en misterios de un Toth

araucano.

Escuché el grito

de una hembra

en los lagos,

me atisbé

como alguno

de esos dioses

proclamados.

 

El contenido

de la historia

no está en los hecho.

Los significados, en la semilla.

Si el fuego de la naturaleza los refrenda

el contenido jamás se perderá…

 

Transmutemos

nuestros pies de barro

y la cabeza de vientos.

Retornemos

juntos

al ocaso sin tiempo

allí abundan

los reencuentros.

 

Con los hijos del Xol

caminemos

la tiniebla

vestida de tierra.

 

Se descubre América

nocturna,

ante un Inti

de  Incas olvidados.

 

Lávame los pies,

límpiame la frente,

con agua sagrada

de estos prados

 

donde fuimos

partícipes mudos

de cultos

trastrocados.

 

Niños

que jamás sabrán

el contenido

en nuestras manos.

 

Vimos crecer el maíz

en la noche desquiciada

del tiempo

y sus ladrones.

 

Recibimos sentencias

de jueces lejanos

pero la vida fluyó

en cada rincón de la existencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colocamos

el animal,

 la luz

y la sombra al servicio del Dios,

si acaso existe,

 

Hoy está América

en mis venas,

trópico que anima el barro,

la fuerza de un sol vertical

y coralino

encumbrado en los Andes.

 

Renace el poder

de lancero

empinado en un estribo

de los llanos.

 

América

hembra que vuela

y empieza a atisbar

desde la altura.

La vi despertar

y hubo

un terremoto

en la montaña.

 

Regreso a mirar

la América escondida

disfrazada de musgo,

tierra,  liquen.

 

Desde el cerro sagrado,

conjuré

la sangre solar

de los ancianos.

Miré al hombre

surcar el cielo andino,

con un corazón de gavilán

en sus entrañas.

 

Regenerada

se verá esta tierra,

después

de haber sido

tantas veces

profanada.

 

Dicen

que al pie del Chimborazo

renacerá

la raza del sol

que fue

por años,

despreciada.

 

La soledad del espíritu

 es comprensible

para los que viven

la gloria de una aentrega.

Soledad silenciosa

y abismo…

 

Me detengo

en significados,

mil veces

recordados,

en verdades repetidas,

espirales de luces

y de sombras.

 

Quedaron, después,

temores

honestamente

silenciados.

 

Pasiones

que sobrepasan

la necedad

de los humanos.

 

Pero puede crecer

una esperanza

y se hace mente.

 

Una certeza

se juega

la carta

de la vida.

 

Mi alma se enciende

y vuela

en los círculos

del aire.

 

Cuantos ascendieron

o descendieron,

a esa altura.

 

Cuantos saltaron

al vacío

guiados

por esa certitud

ultraterrena.

 

 

 

 

 

 

 

justicia prodigiosa;

nadie la comprende…

 

Limitado, como soy,

vislumbro

un infierno de barro

y también,

el sublime alimento,

de los dioses.

 

Regresó a mi

el fuego estelar

que entregué

con mi conciencia.

 

Como pez alado

salgo a recrearme

con las olas,

vivo entre marismas

y mareas.

 

Porque soy fugitivo

de un destino atávico,

avanzo hacia el sol

quemándome los ojos.

 

La vida real espera

en la caverna.

 

Con pulso firme,

bebo la cicuta

y creo que soy inmune.

 

Peregrino

del tiempo

admiro el milagro

de la redención terrena.

Un universo molecular

tocó mi ser.

Más allá de la creación

volé por esta América

incendiada.

 

Magma incandescente

araucana,

lo ígneo,

de una patria irredenta.

 

venimos de las aguas

y vamos hacia el fuego

con espada,

o con lanza flamígera

de Caupolicán.

 

Sabiduría

reñida

imaginación

descontrolada,

 

sólo el despierto observa

la verdad más allá de los opuestos…

 

Para conocer el alma

encarnada en el barro

hacemos carne

de cada uno de nosotros,

impregnados

en la proximidad

del ser que nos contiene.

 

 

Así,

nos implantamos

en nosotros.

En las venas,

en el éter.

 

Lucho y muero

en la imaginación perdida.

Venzo al fin

y estoy eternamente.

 

Saberme

convertido en antorcha

que penetra.

Ser, en fin,

ese fluido incandescente,

reencontrarnos

en un cuerpo sutil

que nos abrasa.

 

Nos descubrimos entonces

como si fuéramos

el mismo fuego.

Nos reconstruimos

golpeando

con martillo y cincel

los pedernales.

 

Renuncio, entonces,

a tu presencia loca,

aunque son nuestros pies

la cordillera

y los Andes enormes

son las flamas doradas

que a todos

nos incendian.

 

 

Pago

y soy cuatrero de verdades

y toda verdad es desengaño.

 

Eres fuente

de la naturaleza

en equilibrio.

He renunciado, quizás,

a vivir eternamente,

aunque, probablemente,

sea verdad eterna

este presente.

 

Solitario,

invoco al Sol.

En mi espina dorsal

se ha concentrado,

el poder de otros dioses

invocados.

 

Viajo en la serpiente

porque el vino del sol

está en nosotros.

 

Aunque sólo somos

dos ídolos

caídos en campaña,

pagamos

nuestro tributo de pausas.

 

Hay laberintos

y,

horizontes.

 

 

 

 

 

Hacer,

 no hay tiempo que perder.

 

Actos fallidos

nos persiguen,

errores que no fueron

arte de la vida,

energías olvidadas.

 

Ahora vivo

errores voluntarios,

lenguaje accesible a la conciencia.

Lucha salvaje

de dioses y animales.

 

Estoy dentro de ti

para quedarme.

Dicen que somos

fugitivos de las leyes

de los hombres.

 

Son turbulentas

las horas oscuranas.

Nos redime sólo

un perverso juntador de cosas,

ordenador de esferas,

respirador de días,

enceguecedor,

hacedor del salto molecular

del universo.

 

Pródiga grandeza

tus ríos, transitas

como efluvios

de hembra gigante.

 

 

El mundo medroso

temió al oro, luz y sol.

En cambio,

miré al Cotopaxi

hasta extasiarme,

armonía necesaria

para detener al mundo

en el presente.

 

Desiertos

a esta realidad

al margen de los días

trascendimos signos,

realizamos, ahora,

las letras del silencio.

 

Descubrimos discreciones

parecidas a la nada.

 

Eres todo,

tierra, madre, hija, hermana, volcán,

recipiente incandescente

de vicios sublimados,

o no.

 

He visto allá

un horizonte

de diosas pródigas de brazos

y hornos de alfarero.

 

Vivimos abrumados,

 en caída angustiosa

 hacia la muerte.

 

Todo

es pacto de temores.

Se pierde el ahora

y la vida se repite.

 

Regresa

una soledad,

despojos

y ganancias.

 

Mi cuerpo

se resiste a creer

que ya no somos.

 

Soy anciano,

todavía,

retenedor

de intervalos,

procreador

de siglos

en instantes.

 

A veces,

podemos

huir de la desgracia

alejarnos

con sigilo

del dolor,

suplirnos

de otros rostros.

 

Eso

nos persigue.

 

Al menos

la vida toda,

fue batida

hacia lo cierto.

 

La soledad

sabe a lo concreto.

hago,

de la pira,

mi hogar.

 

Germino,

como un muerto.

 

Dije en otro rostro

que todo

es ilusión y sueño

 

Si es universal

este delirio,

sólo la mentira repetida

nos acerca a la verdad.

 

Vislumbro

algo concreto

en el crisol

de la colada.

 

Separados

de nosotros

precisamos

la caída

y la guadaña.

 

Proceso fatal

de la materia

redonda

irreductible,

circo circular

de la inconsciencia.

 

Ahora,

una arteria

fluye

hacia lo interno

y estoy cortado

hasta mi centro.

 

 

amor,

 locura,

inexplicable, antinatura…

 

Buenos días

que seas feliz

entre las olas.

El mar te acune

en su seno de espuma.

 

Tu sima

y la cintura de celaje

tengan

la voluntad

de la esperanza.

 

Buenos días,

ahora la montaña

habla con los vientos

y tu risa marina

sube hasta los Andes

empinados.

 

Escucho

las palabras

en mis venas,

mi torrente escarlata

canta contigo

y se renueva.

 

Te fabriqué

con mi arcilla

modelada

en barro fresco,

copa angosta

de cóncavos lados

que se apartan

y se acercan.

 

En horno eterno

calenté tu flanco

como rayo

y fulgor

traspasé tu cuerpo.

 

Aún se escapa

el arte de la vida,

regada estás,

con vino propio,

si es que existe.

 

Nos miro

tantas veces,

como espejos

en el aire,

plenas

las copas

con la sangre celeste.

 

Mi cuerpo viril,

al andar

por la vida,

percibe

los opuestos

que se acercan.

 

Te señalé a ti

tierra americana,

surco

al centro

de tus muslos,

flor abierta

y entregada.

 

Porque

te recorro

aunque pasen

por ti las espadas

del planeta.

 

Vivo en

cada oscuridad

que tu me muestras.

 

Si el compás

se descompensa

perderé una vida.

¿Seré

otro fantasma estelar

sin un planeta?

 

Si me torno sombra

tu serás arenas,

viviré quizás

porque estoy

en mis venas.

 

Limpio tu mirada

con las manos

de greda.

 

Dame

tus destellos

de linterna.

 

Germina

un surco

de palabras

incendiadas,

poder eterno

de tus ubres celestes.

Diosa de lumbre

atrapada en mis brazos,

adorno tu cintura

con caracoles y esferas.

 

Tu nombre

me persigue

desde antaño.

 

Medicina,

o veneno,

resplandor

de primavera.

 

Éxtasis,

gaviota,

ventana abierta,

solar, secreta.

 

Gavilán,

de garras empuñadas,

recorrí tu espacio

de montañas.

 

Me persigue un nombre,

lo busco,

será musgo del sur,

la lluvia eterna,

¿La perla perdida

o la esmeralda?

 

La esperanza

es hoy mi cuerpo,

me entrego a la distancia,

para que tu cuerpo

sea también remembranza.

 

Vuelo en los cristales,

te busco

y te reencuentro,

en la jarra bermeja,

tu amor

es el acero,

músculo fortísimo

del cuerpo.

 

Te forjo

como voluntad

hecha de tifones,

de platas.

 

Renacer voluntario,

una espina

en la rosa.

Conócete y descúbrete

denúnciate.

 

 

Señala con tu dedo

de estrella

y de sonrisa.

 

Con este nuevo cuerpo,

vuela sobre un abismo

hasta mis brazos.

Como sangre

sutil

de las estrellas.

 

La vida se alumbra,

con cada mañana

que me entregas.

 

Esperé

tu renacer

en esta raza

de América.

 

Gira como

nube,

candela.

 

Te espero

en la serpiente

frontal

que te penetra.

 

Vuela

diosa,

invoco,

mil veces,

tu nombre

de paloma.

 

De nuevo

soy mineral,

luz, relámpago,

molécula

y trueno,

plomo procesado

de la alquimia.

 

Matraz nuevo,

impoluto.

Tu voz,

a veces, clara,

se escuchó

en el Huayna Picchu.

 

Descubrí

un sendero,

tronco enorme,

de árbol hembra,

yaciendo,

degollada.

 

Muerta

quisieron ver,

los grises,

esa planta,

de sus raíces

salieron

cinco gigantes

rectos

hacia el cielo.

 

La tiniebla

no pudo cercenar

vigor y savia.

Quiso la naturaleza

vivir, crecer,

ramificarse,

desde un centro

de otro universo

paralelo.

 

Sueño,

por voluntad,

la brecha abierta

entre volcanes

y centellas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacerse

del Nuevo Mundo,

es más que nacer en esta tierra.

Descubrirse monada

con raíces hacia abajo y adentro…

 

Piso

del Continente alado,

roca viva

y furiosa,

una vez fui

de la patria lejana

de Alción.

 

Qué resplandor

guardan

tus entrañas,

fuerza oculta

del nuevo

habitante.

 

Ahora

estoy hecho

de barro

o de tormentas.

Mis manos

de flama y trueno,

lluvia torrencial

del Continente.

 

Surges,

Nueva Era,

de la antigua

patria.

 

Llueve

la sangre

del Inca,

viento araucano,

templos

circulares

del Caribe.

 

Llevas

la patria

adentro,

toda la greda,

los niños

de este mundo

nuevo.

 

Mar encrespado

americano,

misterio,

ternura,

brisa,

dominio telúrico.

 

Mi gavilán interior

no se equivoca,

raudo como el rayo,

veloz como la chispa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La verdad

 

Inmoral

fuerte y pequeño.

 

Aún no detengo

pensamientos,

ni línea recta,

ni el silencio.

 

Vivo,

sin cuartel

contra mi sombra,

desdigo mis pasos

hacia adentro.

 

Construyo

una comarca,

me trepo

hasta mi signo,

despiértate,

despiértame,

vigila mi alcoba.

 

Te envío

una inmovilidad

en mi conciencia,

conozco la fuerza

del hambre

y temo.

 

 

Sería quizás,

mi último día,

terminaba una vida,

empezaba otra.

 

De qué sirvió

la angustia,

la pena,

tanto amor,

tanta paciencia.

 

Miré atrás

las horas

desgastadas

y la esperanza ciega.

 

Ahora tengo

voluntad,

soledad,

me tengo.

 

Muero

y muere

mi egoísmo.

 

Renazco

en fulgurante

semen,

eternízate,

hoy, he muerto,

un poco.

 

“La filosofía

 no es el arte

de conocer por la razón.

Nos lleva a creer lo razonable..”

 

Creo

en el que vive

en mi

y me enseñó

el arte de ser.

 

Y en Neruda

que, bajo la lluvia austral,

encontró una espada encendida

e intentó iluminarnos.

 

Creo en las piedras mudas

que, en su silencio,

nos muestran el secreto

que es la vida.

 

Y en Zanoni, el mago,

que, por amor,

arriesgó la vida eterna.

 

Creo en la ciencia del amor

y en los brujos

que reinan en el cielo

y gobiernan el infierno.

 

Creo en la voluntad

y el trabajo,

como única fuente de riqueza,

interior y exterior.

 

Creo en ese Dios

que está en todos los dioses

y que respeto,

porque su tarea

no es ayudarnos

y, en el Cristos.

 

Creo, firmemente,

en las estrellas

y, en el sol,

que es nuestra estrella.

 

Y en la humildad,

como único punto de partida

y, en el oxígeno,

que nos hace libres,

porque es el camino

de la luz.

 

Creo en la unión

del hombre y la mujer,

en el universo

todo se une

con su opuesto.

 

Y en los seres

de este planeta

y del cosmos.

Creo en lo humano,

porque  sólo lo humano,

se acerca al equilibrio.

 

Creo en la verdad,

vivirla, subirla, escalarla

y reconocer su voz,

aún desde el abismo.

 

Y en la conciencia

de los buscadores,

que suman sus conciencias

y en el verbo.

 

 

 

 

 

 

 

Recomienzo

 

Hijo de la noche

y de la luz.

 

Heredero.

 

Todo.

 

Sangre de primate

y rayo primigene,

impregnador.

 

Vivo,

en la historia común

de los llamados

hombres.

 

Convivientes

de dioses

y demonios.

 

Pequeño ser

amalgama.

Sólo eres

parte

de la nada.

 

¡Infames!

gritan

con patas

de coleóptero.

 

Cuantas mentiras

enseñan

a la  gente.

 

Ejércitos sonámbulos,

creyentes.

 

Escuadrones

de seres

que fornican

con la muerte.

 

Mil filosofías

te hablan al oído

y el silencio,

sólo el silencio,

descubre la existencia.

 

Mi ciudad

muestra

sus rebaños

de cuerpos

en la infancia.

 

Sus padres

dormidos

como flores.

 

Mis múltiples

mujeres

pasionarias.

 

Entregadas

al degüello,

como dóciles perros

de caza.

 

Viajo en el río

descubro

el orden

de las cosas.

 

Saga

de mi propia

historia.

 

Minúsculas vidas,

pequeñas muertes.

Llegas a negar

el arte

de la vida.

 

Explicas un mundo

nublado

de símbolos

y nadas.

 

La historia

y sus eones

está en ti.

 

En la humildad

de lo certero.

 

Sin acrobacias,

organiza

de esa forma

tu egoísmo.

 

En ti vive

un espíritu

desobediente

y poderoso.

 

No se rebela

de sugestiones

e intelectos.

 

Morador

del aire,

fabricante de olas

que avanzan

y se pierden.

 

Alfarero

de acciones

permanentes.

 

La nobleza

olvidada

parte de ti

para forjarte.

 

Desdeña

la muerte

y fluye

con el tiempo.

 

Torrente,

relato

de todo

y sus raíces.

 

Asidero

en la tierra

de adentro.

 

Trescientos,

cuatrocientos,

quinientos años,

suficientes

para la rueda

de niños

que invocan

su regreso.

 

 

 

Conocí

al rey ilegal

de la estirpe

primitiva.

 

Raza original

de los tiempos oscuros.

 

Amerrikua

la llamaban

los antiguos,

era la tierra

de vientos.

 

¿Puede escribirse tu saga

si olvidas la historia

y sus anécdotas?

¿No es acaso

fértil

la vulva circular

de este universo?

 

Ure decían

los ancianos

y era “lo de abajo”

Ahora

digo ure

y es el Todo.

 

Leren Suga

de los vascos.

Culebro

de siete cabezas

legado

del atlante.

 

 

 

Quetzalcoatl

alado.

 

Volverás

con tus plumas

de fuego.

Mensajero

ungido

en el vientre

del volcán.

 

¿Acaso,

no somos,

ese ser luciferino?

Invocamos

a Monctezuma

o Cuauhtémoc.

 

Atahualpa

creció

desde su cabeza cortada

hasta sus pies.

 

Conjuramos

a dioses

de corazón

partido

por el hacha.

 

Invocamos

al que comimos

en la cena

Palestina.

 

Viven

en nosotros

los devorados

después

de la batalla.

 

El dios

descuartizado

renacerá

en un lugar

secreto.

 

También

escucho

una ebullición

ibérica

en mis venas.

 

A lo lejos,

llama

una extraña tradición

guipuzcoana.

Un brasero eterno,

está encendido

en mi morada.

 

Al fin,

me voy

de la historia

inventada.

Regreso a mi

para encontrarte.

Me reconstruyo.

 

Aprendo

mi forma.

Me desligo,

y digo,

por primera vez,

el verbo

me hizo

hombre.

 

Desde la tierra

cóncava

vuelvo a ser

caribe,

antropófago.

 

Siento

el pasto verde

entre mis dedos,

las húmedas

lombrices,

el jaguar

que corre

entre los cohigues

y el bosque milenario

lo descubre.

 

Agazapado,

desnudo,

espero

el grito aterido,

para aterrorizar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Libro de la luna clara

(2010)

 Surco

 

Quiero horadar el surco

de luna en tus entrañas.

Sembrar semillas de sol

como una hoguera.

 

Abrasar tu cáliz

de cristal y piedra.

Pubis, abeja,

labios que besan

empinadas cumbres.

 

Fruto de luna,

en el pezón del cielo.

Albas nubes del rayo

alumbran tu corazón

de plata.

 

Alma, sangre dorada

que a nosotros nos alberga.

Ojo de luna,

tul, fantasma, sueño.

Comí tu fruta

y adentro,

la semilla de fuego.

 

El ser persigue

tu valle

como luz.

Eternal taciturna

niña, planeta, Luna.

 

Escalamos

lo imposible

posible.

Espada, espejo,

puñal.

Compás

del círculo perfecto.

 

Columnas

del templo infinito.

 

Ascenso

a leyes imposibles

del universo alterno.

Laberintos que liberan

dioses quemados

en hogueras.

 

Renacientes.

Almas cruzadas

en nosotros.

En mil almas.

Puro cuerpo tuyo

como el alba.

 

Ojo transparente

de la aurora.

Vida mía

siempre tan cerca

de la muerte.

 

Estrella del polo

que ha llegado.

Dicen que ahora vienen

por miles

o millones.

 

Que gracias a ustedes

el mundo está salvado.

Y, el mundo, todo,

cabe en este cuenco.

Unidad de lo que existe.

 

A veces

hay rupturas,

al final, la verdad,

es solamente

una visita.

 

Por instantes

revivimos

pero todo cambia

y se transforma.

Mudanza es creación inconclusa

del demiurgo.

 

Inexistente actividad

es la mentira.

No es la muerte

que es parte

de la vida.

 

No me arrodillo

ante lo falso.

 

Persevero,

rehago los pasos

de regreso.

Soledad,

verdad eterna,

solidaria.

 

Que el universo

recuerde

aquel instante,

que la vida

te crezca desde adentro.

 

 

 

Llévame a tu valle

 

Volcán, universo, eternidad,

una vez

es para siempre.

 

Hoy

la aurora boreal

se amaneció

de tu centro.

 

Tan fuerte y sutil,

apenas perceptible.

 

Nada más poderoso

que la sexualidad

de lo invisible.

 

Llévame a tu valle

surco arado

Vidamuerte.

 

Ocurren

en silencio

tantas cosas,

tantos mares,

baten nuestras costas.

 

Mercantes

o buques ilustrados

arribaron

a esta rada.

 

Vuelven ya

a la isla de círculos

concéntricos.

 

Continente antiguo

de un planeta

Apolo.

Sol nuestro

de todos los orientes.

Luna

de todas las estrellas

e invisibles tierras.

 

Clara luz pretérita

confía en la aurora

que te visitó

en la tarde.

Respirar

Interminable

e imposible.

 

Todavía tus cimas intocadas,

seno secreto

del beso sagrado

en el pleroma.

Remembranza

de la tarde eterna.

 

Busquemos

de nuevo

en conferencia,

a solas,

una aparición

mediterránea.

 

Inequívocos

tus ojos

perdidos en el tiempo.

 

Esto es más

que el libro

de un volcán,

libro de las horas

infinitas.

 

Nombre inconcluso

que eternamente

buscan los hermanos.

 

Grabo tu nombre

ahora,

en la caverna

de áureos arcos.

Luna de plata,

delta hermético.

 

Navegamos

desde entonces

los mares profundos,

del olvido.

 

Ilumina,

espejo de luna,

como antorcha

mi guarida.

 

Libro

de la imaginación

no imaginada,

de Todo y de todos.

 

Imposibles páginas

del arte

de la oquedad,

la cima.

 

 

 

Arte sagrado

 

Arte sagrado

en el secreto,

unidas la sal,

la palabra,

la acción.

Los círculos

concéntricos.

 

Vengan

a compartir conmigo

su tiniebla.

La verdad

está aquí

oculta bajo tierra.

 

Venimos de la muerte

o a la muerte vamos.

 

Tu, niña taciturna

de estos

años locos.

 

Regálame tu flor

de madrugada,

tu vientre de luciérnaga,

las plumas de tus alas

en que vuelas.

 

Dime una palabra,

madreperla,

dame tu luz

silenciosa

de planetas.

 

 

Amo

mi loca visión

de la otra vida,

final que comienza

ya finito,

Luna de plata,

perlas prendidas

en mi pecho.

 

Tu Luna

¿llegas tarde,

o pronto, a este recinto?

 

Contigo

aprendo de nuevo

las certezas,

me asombra

la oración

de almas

peregrinas.

 

Tu amor eterno,

imposible,

en la posibilidad de la montaña.

 

Mi alma, en tu armonía,

en tu paz

en tu palabra,

silencio iluminado.

Cielo.

 

Luna

te acompaño esta noche,

desde el cristal

de almas celestes.

Te envío el rayo

de la eternidad,

el beso de un canario

hecho de brisa.

 

Un manto protector

de intensa luz

para la diosa,

templo, nave nodriza…

 

Qué, desde otro mundo

se ilumine la senda

de nosotros,

los amados.

Qué la felicidad

se manifieste.

 

Buenas noches,

Luna Clara.

de estrellas infinitas,

mi alma está contigo.

Te busca.

 

Como siempre Luna,

desde siempre,

mi sustancia te busca,

se reencuentra.

Cuidemos

nuestros sueños-despertares.

 

Esta noche

la selva está

sin tigres

y sin luces.

 

Te fuiste Luna

en la oscurana

en busca de una luz

ultramundana.

 

Dice el oráculo

que sólo así

regresarán los dones,

gemas,

de la montaña sagrada.

 

Luna de selva,

tromba, torbellino,

de manos encontradas.

 

Un Aleph

se ha encontrado

en medio de tu pelvis.

Universo de espacios

en juego sagrado

de los siglos.

Laberinto.

 

A ver si doy

muerte al minotauro.

Es mi juego sagrado

de los dados

en el tiempo.

 

Sortilegios

de esferas

en mis manos.

 

Laberinto.

 

Vuela emplumada

una serpiente

 

Ven,

aplasta mi corazón

contra una piedra.

Recoge los pedazos

que palpitan.

Entrégalos

al dios

que es la conciencia.

 

Dale calor

a estos

elementos

en contienda.

Aire que aviva

tu llama

y tu sonrisa.

 

Tu, mi sol emplumado

levanta vuelo

cuando muera

mi animal.

Quiero

tu aliento,

último ser,

mi vida-muerte.

Miro, una vez más,

tu templo circular

entre pilastras.

 

Quiero entrar,

penetrar

bajo tu bóveda celeste,

tu, mi ser último

y perfecto,

unión, al fin,

de los opuestos.

 

Como una lanza

estoy en ti,

en las alturas

de esta vida.

 

Llegué

trepando

tu cordón

de plata.

 

Rayo de luna,

ruta de mar

sobre las olas,

celeste aurora.

Grita

mi nombre secreto

que conoces.

Invoca

al gran río,

al Dios,

que tu voz

habita.

 

El quiere

entrar al mundo

con espadas

doradas.

O puñales.

 

Dios de antaño

que habían creído

muerto.

 

Vive

como si nada

entre nosotros.

 

Eres multitud

y única

en la copa de plata.